El punto de partida

Se cansó de escuchar todos los argumentos que ella le decía. Respiró hondo, cogió fuerza y tomó su muñeca firmemente. Ella se dejaba llevar, sin saber adonde, sin saber por qué. La situó frente a un espejo. La miró y esperó que ella se mirase también. Pasaron segundos. “Quiero que te mires. Y quiero que, a base de mirarte, consigas verte. Esta eres tú”. Sorprendida ella se miraba al espejo. Estaba asombrada. Asombrada. Del tipo de asombro que uno sufre cuando ve un paisaje impresionante que jamás se imaginaba. Nadie la había visto así. Nunca se había visto así. Vivía dormida en su opacidad dejando entrever retazos de una personalidad probablemente interesante. Probablemente no. Cómoda en su pequeña habitación cargada de sentimientos e inquietudes. Pero, por fin, alguien había venido a despertarla. Le había enseñado que había más detrás de aquellos visillos tras los que vivía escondida. Aquellos visillos que conformaban su mundo. El que antes conocía.  Y, a partir de ese momento, escogiese el camino que escogiese siempre, siempre, siempre, la llevaría dentro como su punto de partida. Como su punto de partida. 

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